• Alejandro Amigo (psicólogo infantil)

¨ATADOS AL CARRITO¨, ¿POR QUÉ NO ES CONVENIENTE LA SILLA SIEMPRE?


¿Qué se pierden al ir siempre en la “silla”?

Delimitando el marco de desarrollo en el que se encuentra el niño de entre 1 y 2 años de edad, sabemos las capacidades que tiene y que puede potenciar. Durante esta etapa fundamental del desarrollo del bebé y del ser humano en general, se producen dos cambios trascendentales: Se aprende a andar y se aprende a expresarse de forma comprensible. Son estas dos particularidades las que precisamente caracterizan el género humano.

La silla o el carrito, no es más que un instrumento facilitador de la crianza del bebé para los padres. Bien sabemos que en otras culturas como la de los pueblos menos desarrollados (África, Suramérica, Asia), las madres transportan a sus hijos antes de que éstos puedan hacerlo por si mismos de otras maneras (en el pecho o en la espalda con una manta, etc…). Por tanto su utilidad no debe ser mayor de la que precisamente tiene: transportar al niño cuando este no puede hacerlo. No es conveniente entonces, alargar el periodo de “silla” por vagancia o cansancio del niño, o por egoísmo de los padres, utilizándolo como cuna o incluso como “cárcel” y/o castigo para el niño. Es cierto que en algunos casos es el niño el que pide la silla. En estos casos debemos de identificar cual es la causa por la que lo hace, ya que dependiendo de su naturaleza procederíamos de maneras dispares (puede existir una demora en el desarrollo madurativo, o un déficit motor que impida al niño moverse con normalidad, o falta de interés, motivación, estimulación, autoestima, o simplemente una cuestión de economía social, es decir, se cansa menos y llega a los sitios igual, o un vinculo excesivo con su silla, a modo de objeto de consuelo), asumiendo el problema de maneras diferentes (poniendo más atención e insistiendo en este tema o visitando a los especialistas pertinentes). Lo habitual es que el niño quiera despegarse de la silla a la mínima opción puesto que como ya comentamos se encuentra en una etapa de mucha actividad sensorial y estimulativa, por lo que su propio cerebro innatamente le demanda experiencias (en solitario) en las que desarrollar su potencial.

Cuando el niño se separa de su silla pone en funcionamiento sus sentidos al 100%. Digamos que su grado de activación sensorial se encuentra en su nivel máximo. A través de los sentidos se reciben las primeras informaciones del entorno y se elaboran sensaciones y percepciones que constituyen los procesos básicos del conocimiento. El bebé cuando se baja de la silla pone a prueba estos primeros conocimientos que ha ido formando en sus primeros meses de vida mediante la experimentación con los objetos y medios del entorno que le rodea. Viendo, tocando, oliendo y explorando el entorno el niño verifica los conocimientos formados. Combina sus conocimientos sensoriales para saber moverse por el mundo a pesar de ser un novel. Es por eso que aunque animemos a que el niño experimente por si solo no debemos de descuidar la atención pertinente sobre él, pero de manera prudente si causar ansiedad ni estrés en el niño, es decir, sin que este aprecie que lo que está realizando supone peligro, pues se percatara de ello y le limitara en su exploración.

Mediante el movimiento va asimilando experiencias y descubriendo nuevos objetos para él y sus características. A partir de estas sensaciones y percepciones, de lo que la interacción entre el medio y sus sentidos le proporcionan, se van formando los procesos superiores del conocimiento como la inteligencia y el lenguaje. El medio por tanto es muy importante, pero siendo conscientes de la realidad del desarrollo alcanzado por el niño hasta el momento debemos de proporcionarle un medio rico en experiencias y que no entrañe peligro. Es conveniente por tanto dejar y facilitar que el niño explore más allá de su silla en ambientes naturales, parques, jardines, en contacto con la naturaleza, parques infantiles con otros niños, etc…, pero no en ambientes donde se ponga en peligro su integridad física (donde se pueda hacer daño, más allá de una simple caída por ejemplo) o psíquica (donde puede romper algo por ejemplo, donde se frustre o se ponga en evidencia, lo cual le restringiría en siguientes ocasiones).

A través de su incursiones en el medio lejos de la silla, el niño entrena los sentidos y mejora y potencia la discriminación de estímulos mediante el tacto (texturas, temperaturas: lo que puede coger y lo que no, es decir, donde están los umbrales del dolor en texturas y temperaturas), la vista (brillo, intensidad y gama de colores: cuales son aquellos que socialmente implican peligro por ejemplo, el rojo de un semáforo), el olfato (olores agradables y desagradables, para llevar o no a la boca), el oído (intensidad y modulación: situaciones de alerta, melodías agradables, voces conocidas entre la gente), y el gusto (sabores). También combina todos para distinguir tamaños (aquellos que puede coger y que no), movimientos (lo que se mueve y lo que no y a la velocidad que lo hace), especies (lo vivo de lo inerte, las plantas de los animales, etc…), lo frágil de lo resistente, lo blando de lo rígido.

Aprende también aunque de manera menos especifica normas socializadoras, como serían como debe buscar a sus padres (voz, lloro, etc…), donde debe protegerse tras ellos (coches, ruidos, etc…), que animales son peligrosos y hasta donde lo son (que se le puede hacer a un gato por ejemplo). Digamos que durante el primer y segundo año de vida, el niño es un explorador de objetos y estímulos a través de la experiencia, y utiliza como instrumentos los sentidos.

Fortaleciendo la autoestima del niño, proporcionándole amor, cariño y seguridad, además de recibir mucha atención cuando está tranquilo, hará que no tenga que recurrir a los berrinches.


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