• Alejandro Amigo

LA FÁTIGA EMOCIONAL

El bajo estado de ánimo bajo, la poca energía, irritabilidad o dificultades de concentración son algunas señales que indican que se sufre una sobrecarga emocional.


«Me pasaría el día durmiendo, como un koala, subido a un árbol, sin preocuparme más que de comer hojas de eucalipto y viendo la vida pasar»... Este sentir, tomado de un paciente anónimo, puede ser un fiel reflejo del estado de ánimo de muchas de las personas que sufren fatiga emocional tras dos meses de confinamiento. Los primeros estudios sobre las consecuencias psicológicas de la situación creada por la amenaza del coronavirus indican que un alto porcentaje de los encuestados sufren ansiedad y algunos también han empezado a experimentar síntomas depresivos.


La incertidumbre en torno a las fases de la desescalada y el hecho de no tener una fecha fija para la vuelta a la «normalidad» o la «nueva normalidad», mantiene los propósitos vitales en pausa. Para algunas personas el confinamiento está resultando tremendamente estresante pues hace que tengan que construir su vida sobre «arenas movedizas». De alguna manera, sienten que su vida no está bajo su control porque sufren un bloqueo en varias áreas vitales y ven día a día cómo disminuye su bienestar psicológico. Esto conlleva una sensación de vida sin rumbo y hace que la incertidumbre pase a formar parte de su nueva realidad. Si además este estado le asociamos entornos muy exigentes donde la persona ve agotados sus recursos mentales o donde percibe que no tiene capacidad para cambiar las circunstancias, puede producirse la llamada «fatiga emocional». Y es que "al estirar una goma elástica durante mucho tiempo: al final acaba perdiendo su forma original".


La fatiga emocional, se produce cuando alguien encuentra sobrepasada su capacidad para tolerar una situación de estrés prolongado. Algunas de las personas que más sufren este efecto son las que han realizado un sobreesfuerzo físico y/o emocional en un panorama dominado por la incertidumbre, como es el caso de los profesionales sanitarios, los policías, los empleados de supermercado... etc. Pero también sufren fatiga emocional aquellos que han visto interrumpidas o limitadas sus vidas. Así, otros afectados pueden ser, los familiares de algún fallecido en la pandemia (que sufren la pérdida además de la imposibilidad de hacer un duelo tradicional), las personas que han sufrido la enfermedad y siguen en aislamiento y la población con exceso de estrés cotidiano constante debido a situaciones derivadas de esta crisis, como las familias que teletrabajan y que simultáneamente tienen que atender al cuidado de menores o ancianos en confinamiento.


Incluso iríamos un paso más allá hacia la «sobrecarga emocional», cuya causa directa es, un exceso de desnivel entre lo que la persona da y lo que recibe. «Quienes la sufren dan todo de sí mismos en cualquier ámbito de su vida tanto laboral, como familiar, de pareja o en cualquier dimensión personal. También puede ocurrir en entornos con conflictividad o de gran exigencia». Es importante que esas personas reciban un reconocimiento social de su esfuerzo para compensar este exceso emocional al que están sometidos.


Síntomas de la sobrecarga o fatiga emocional:


  • Bajo estado de ánimo, falta de energía,

  • Cansancio,

  • Falta o descenso de la motivación

  • Dificultades de concentración

  • Irritabilidad

  • Baja capacidad de autocontrol,

  • Ansiedad,

  • Angustia

  • Insomnio (debido a la tensión emocional),

  • Distanciamiento afectivo (que lleva a la persona a que no sienta nada y se aleje de sus vivencias)

  • Dependencia de contacto (interactivo).


Por último cabe destacar que la prolongación de esa sobrecarga o fatiga emocional puede arrastrar a algunas personas a un estado de ánimo depresivo. La explicación está en que cuando aparece la fatiga emocional la mente activa la evitación como mecanismo de defensa para protegerse de nuevas fuentes de estrés y de situaciones que anticipan emociones negativas. Pero en ocasiones la evitación, se hace extensiva a actividades agradables o placenteras, provocando así una disminución de emociones positivas y un bucle de malestar-evitación que puede arrastrarnos precisamente a ese estado de ánimo depresivo.

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